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lunes, 28 de marzo de 2011

DISCULPEME SEÑOR LADRON

Ya he perdido la cuenta de cuantas veces me han asaltado en esta ciudad, cuantas veces lograron su objetivo y cuantas me trencé a golpes con el señor caco.
El viernes por la noche, ya sábado de madrugada, y como una idea que solo se les ocurre a la gente que no está en sus cabales y ligeramente envalentonada por algún derivado opiáceo-como lo llama mi amiga Rocío-, junto a mi amigo Federico decidimos recorrer las calles de nuestra, a pesar de todo, querida Buenos Aires.
Nos emperifollamos como si fuésemos a algún lugar en especial, como cuando salíamos a bailar-no tengo placard pero si lo tuviera podría decir que me lo eché todo encima-, juntamos unas pocas monedas para el colectivo, unos pocos pesos y arremetimos con la calle.
Decidimos bajar en algún lugar muy cerca del obelisco, no sabría decir donde puesto que siempre voy a todos lados "llevado", casi sin conciencia ni sentido de la ubicación y la ciudad parecía desierta.
Comenzamos a caminar mientras el cielo de iba cubriendo de nubes cargadas de humedad y las luces de la ciudad les daban un tono naranja. La llovizna comenzó a golpearnos la cara pero continuamos avanzando entre los edificios oscuros y vacíos, riéndonos de nuestras risas, pegándonos a la vidriera de alguna tienda de ropa que nos gustaba y llamando la atención de algún peatón que, al igual que nosotros, había salido a tomar el fresco.
Encendimos un cigarrillo, caminamos y caminamos no se por cuanto tiempo-me es difícil precisarlo ahora- y en cada rincón oscuro de la ciudad nos asustábamos y luego reíamos por el absurdo de suponer que un empleado encargado de recolectar los residuos podría saltar sobre nosotros y terminar con nuestras vidas pues si su objetivo era robarnos jamás hubiera llegado a tan mal puerto, no teníamos un centavo y, en mi caso, ni siquiera lo que traía puesto era de mucho valor-Nunca jugué en ligas mayores aunque si donde se vende por mayor-.
Todo era normal, al menos para nosotros que solíamos hacer estas cosas improvisadas, hasta que el seño se nos frunció al ver a dos hombres sospechosamente acercarse a nosotros.
-¡Uy boludo estos nos la ponen! Dijo mi amigo mientras uno de los señores se paraba frente a mi.
-Amigo ¿No tené una moneda que me de? Mientras adelantaba su mano abierta con la palma hacia arriba en mi dirección.
-No, loco, no tengo nada. Dije y desaté la furia ratera.
-¿Ah no? Bueno dame todo lo que tené, dame el celular…Me ordeno mostrándome la pequeña navaja que sostenía con su mano derecha.
Me empujó contra la pared, Federico comenzó a gritar y logró salir del encierro de los dos individuos, yo quedé preso del que no tenia arma alguna y el de la navaja se fue en busca de Federico y se detuvo a una distancia de donde estaba yo como para no dejar a mi amigo acercarse.
Mientras Fede gritaba que me soltaran y un grupo de personas-habrán sido unas cinco-observaba la escena, sin siquiera mover un vello del antebrazo, yo entregaba mi celular a aquella pobre alma descarriada que no merece mas que mi lástima y no tanto por su descarrilamiento sino porque cuando se detuviera en su huida y viera el botín logrado iba a querer matarse de un tiro en la nuca.
Mi celular estaba en un estado deplorable, sin la tapa que sostiene la batería y con un trozo de cinta adhesiva de embalar reemplazándola. Lo único valioso podría-solo podría-ser el chip, pero este valor es totalmente subjetivo con lo cual el valor real de dicho aparato era nulo.
Recuerdo haberle dicho al señor ladrón si podía, al menos, dejarme el sim.
-¡Qué chip! Me dijo como si lo que le estaba pidiendo fuera un crimen.
-Dame la billetera.
-No tengo. Respondí mientras hacia ademanes revisando mis bolsillos demostrándole que lo que le decía era verdad. Debo decir que, a pesar de todo, el caco confió en mi palabra y me liberó.
Salimos corriendo con Fede y cuando nos detuvimos exhaustos-corrimos media calle-comenzamos a reír.
-¡Boludo que bajón el tipo cuando vea lo que me robó! ¡Ni diez pesos vale!
- ¡Ay no, no! ¡Que feo todo esto!
-Bueno nene, todo pasa por algo…no podía seguir con ese celular por la vida como si fuera una joya.
-No, eso es verdad…
-Ahora, digo, pienso ¿no? Que confianza que me tuvo el chorro.
-¿Como “que confianza”?
-Claro, le dije que no tenía billetera y me creyó. Y echamos a reír nuevamente.

En fin, un momento inolvidable como tantos que he vivido con Fede y que jamás, en lo que me queda de vida, quiero dejar de vivir…

aunque sea un susto.

1 comentario:

  1. Me ha parecido muy divertido, supongo que para vosotros no lo sería tanto. Al menos cambiarás de móvil, no hay mal que por bine no venga.

    Besos Ale

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