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jueves, 20 de enero de 2011

PARAISO


Los días se volvían más largos y la brisa cada vez era más cálida. El sol resecaba las calles de tierra y lo vecinos las mojaban para que el viento no levante el polvo. Las clases habían llegado a su fin y mi tiempo de trabajo había comenzado como cada verano por aquella época.
Ese día mi espalda estaba siendo castigada por el sol intenso de la Mesopotamia y el ruido de la cortadora de césped retumbaba en mis oídos. 
El patio de mi tía abuela era gigante, con muchos árboles de pomelo y platas distintas por todos lados, era una pequeña selva a dos calles de mi casa.  La tía era una mujer de palabras amables pero no de actos de la misma calidad y no le importaba verme colorado como manzana por el calor, jamás me ofrecía un vaso de agua, solo al terminar el trabajo me convidaba un vaso de gaseosa rebajada con agua-Dios solo sabe que la bebía porque estaba sediento y no porque fuera agradable- me entregaba el pago, siempre miserable y como obra de caridad me regalaba diez centavos.
-Tome mijo, esto es para los chicles...Me decía con un tono tan amable que por momentos lo creía,  pero que mas tarde lo asimilaba como una burla de la vieja ladina.

Al llegar a casa mi madre estaba lavando la ropa cantando una canción en "su" inglés de Queen. Me miró con verdadera alegría y me dijo
-¡Minday hoy estamos solos!  Mi padrastro se había ido por dos días a una isla con unos amigos a pescar.  Cada vez que lo hacia rogaba a Dios que nunca más volviera y muchas veces Dios casi lo cumple.
Desde que habíamos llegado a ese pueblo y la convivencia se profundizó las cosas no habían ido bien, y hacia dos años que él y yo no hablábamos- para mi el era un hombre malo, para él yo era un puto-. En los días normales mi madre y el comían en el comedor mirando el único televisor de la casa, yo lo hacia en la cocina con mi gato como única compañía y esto llegó a ser tan normal que terminé por acostumbrarme.

Pero cuando el no estaba mi madre volvía a ser mi madre y sus ojos volvían a brillar cuando me miraba, volvía a llamarme "minday"-un personaje que según ella estaba en la tele pero que yo jamás pude constatar - y me despertaba cada mañana con música sonando en el grabador, obvio, la que a mi me gustaba.
Los días en los que el no estaba me quedaba horas mirando TV junto a ella, riéndonos mucho, comiendo, dejando que las horas pasen bajo el viejo palo borracho del patio lateral, regando la calle, baldeando la casa, siempre con música...siempre la música.
Esos días eran mágicos, eran únicos, eran nuestros. Eran días de la infancia, eran días en los cuales nuestras almas se quitaban el polvo y olvidaban todo lo demás.
Mi madre era feliz y yo aun mas, y por momentos me separaba de esa realidad y nos observaba desde afuera.
Y nos veía felices, realmente felices, rodeados por un halo de luz como el arco iris.
Aun recuerdo la angustia que sentía cuando la hora de su regreso iba llegando y es triste que solo esos momentos de felicidad sean los que tengo en mi memoria junto a mi madre.
No siento rencores, no culpo a mi madre, simplemente las cosas se dieron así.
No niego que me hubiera gustado tener más recuerdos felices junto a ella, pero ese solo, ese donde veo con claridad su amor en sus pupilas me llena el alma.
Debo decir que tampoco siento rencores por aquel pobre hombre, es lamentable decir que no siento absolutamente nada. Hace un poco mas de dos años volví a esa casa, donde aun vive él, y me recibió con tanta alegría que hasta el día de hoy no logro creerla. No se que será de su vida, de seguro me enteraré cuando el ya no habite este mundo y lo único que deseo es que lo deje en paz.  
Mi casa sigue allí, igual, sin cambios, algún día volveré y construiré mi propio paraíso, pondré la música a todo volumen y seré tan feliz como en aquellos breves momentos junto a mi madre…





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