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jueves, 21 de octubre de 2010

EL POZO

PARTE FINAL

LA OSCURIDAD


El círculo de luz cada vez se tornaba más oscuro, no tenía idea de cuanto tiempo había pasado allí metida pero si podía darse cuenta que el sol estaba despidiéndose por ese día.
Le preocupaba que su madre despertara de la siesta y no la encontrara, hasta ese momento nadie había descubierto su secreto y quería mantenerlo a salvo, era su tiempo, su mundo interior, su cuento de hadas; pero también quería salir de allí y a menos que alguien viniera por ella jamás saldría.
Había intentado trepar las paredes de piedra pero estaban demasiado resbalosas, húmedas, plagadas de moho y la superficie no permitía sujetarse y escalar. Tenia los dedos lastimados y mugre debajo de las uñas, los cabellos mojados sobre el rostro y sus pies comenzaban a cansarse pero no podía sentarse porque de esa manera el agua la taparía por completo. Llamó un par de veces a su madre pero dejó de intentarlo cuando notó que nadie venia por ella, no sabía donde estaba tampoco ya que en sus transes lúdicos perdía la noción del espacio y del tiempo, solo entendía que estaba dentro de un pozo con agua y quien sabe que otras cosas mas, la escasa luz no dejaba ver con claridad lo que la rodeaba pero en varia oportunidades algo había rozado su pierna sumergida y su brazo izquierdo haciéndola gritar de miedo.
Trató de no pensar en cosas malas, trató de internarse en su mundo mental de fantasías pero cada vez, aparecían monstruos horribles queriendo atraparla. En esos momentos la desesperación le ganaba y comenzaba a llamar a su madre a gritos una y otra vez hasta que el cansancio sellaba sus labios.
Por momentos sollozaba, en otros gritaba por su madre y finalmente se quedaba inmóvil viendo el lejano círculo de luz allí arriba. Había comenzado a sentir hambre y sed. Sentía deseos de beber el agua que la rodeaba pero imaginaba que allí abajo también habría algún animal muerto y ese pensamiento le producía nauseas, además pronto tendría que orinar así que menos aun bebería de allí.
Sentía miedo, enojo porque nadie venia a rescatarla como en los cuentos de princesas que Natividad le había leído, su padre estaba lejos y su madre seguramente estaría limpiando la casa de Tía Irma sin haberse dado cuenta de que ella no estaba. Una vez más comenzó a gritar:
-¡Maaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
-¡Mamitaaaaaaaaaaaaaa!
-¡Mamiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
-¡Mami veniiiiiiiiiiiii!

La oscuridad iba ganando terreno y sus gritos y sollozos se desvanecían antes de llegar a la superficie. Se puso de rodillas y apoyó la espalda contra la pared, sus piernas sentían el cansancio, el agua le llegó hasta el pecho y la tristeza le embargaba el alma. Juntó sus pequeñas manos y, mirando al circulo ya oscuro, deseo saber rezar y se arrepintió de nunca haber aprendido las oraciones que Natividad le enseñaba, esas si podían llegar a Dios y sacarla de allí pero solo recordó una que su madre les hacia repetir a ella y a sus hermanos cada vez que se iban a dormir.
“...Ángel de la guarda,
Mi dulce compañía
No me desampares
ni de noche ni de día,
hasta que descanse en
los brazos de José, Jesús y María…”
Repitió la oración una y otra vez hasta que se quedó dormida y su cuerpo fue sumergiéndose en el agua.

Afuera todo el pueblo estaba junto a Irma sobre el viejo muelle, Natalia aun permanecía detrás del mostrador y sus hijos espiaban a la gente por la ventana de su casa. La única persona que pensaba en Luisa era Natalia, pero el miedo a Doña Irma y a Don Nicolás no la dejaban reaccionar y así estuvo durante los cuatro días que duro la búsqueda del cuerpo de Natividad, detrás del mostrador.
Así como Irma jamás volvió a ver a su hija, Natalia jamás volvió a ver a la suya. Jamás volvió a emitir palabra y transitaba por la vida como una sombra, de luto por el resto de sus días. Sus hijos fueron creciendo y yéndose uno a uno dejando la casa vacía y oscura. Santos había muerto unos días después de la tragedia de Natividad, sobre su barcaza, sorprendido por la hipertensión en las aguas del río Luján.
El día de su muerte Natalia se sentó en la puerta de su casa con la esperanza aun fresca de ver a aparecer a su “Luchi”, con las dos trenzas atadas con cintas color celeste y su sonrisa amplia e inocente.
Así la vio llegar al fin, justo antes de que sus ojos se cerraran para siempre.

1 comentario:

  1. Precioso, no tengo otras palabras. Me hiciste llorar.

    Enhorabuena Alex.

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