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miércoles, 20 de octubre de 2010

EL POZO

SEGUNDA PARTE

NATIVIDAD



Mientras doblaba su uniforme de enfermera recorría con su mente todo lo que había vivido hasta ese momento.  Las lágrimas recorrían su rostro y un par de ellas mojo las almidonadas sabanas de su cama. Colocó el uniforme doblado a los pies del catre, se quitó los zapatos y los puso sobre la ropa doblada, se sentó frente a su escritorio y se vio reflejada en el gigante espejo frente a ella. Su rostro había cambiado, era una mujer vieja, sus ojos enrojezidos tenían sombras oscuras debajo de ellos y su cuerpo había sido profanado hacia ya un tiempo, dejando la inocencia muerta en algún rincón.
Ese año había cumplido diez y ocho años y aquel hombre sucio y con olor a tabaco rancio había abusado de ella desde los catorce, cuando su madre lo trajo a vivir a su casa como su marido.
Natividad era la hija mayor de Irma, estudiante de enfermería, aplicada, tímida y educada, siempre atenta y la única amiga de Natalia.  A escondidas de su madre ella hablaba con su tía, le confiaba cosas, fue a ella a quien le contó de quien estaba enamorada, sus proyectos y solo Natalia  sabia que cuando Natividad terminara sus estudios se escaparía del pueblo con su amante secreto.
Esa tarde había discutido fuertemente con su madre, habían descubierto que se veía a escondidas con Juan, el hijo mayor de un pobre pescador, y su madre había decidido impedir ese romance a como de lugar y le anunció que al día siguiente la mandaría a Santa Fe a la casa de una tía, que allí podría seguir sus estudios y olvidarse de su amor con ese pescador sucio. Natividad explotó de ira, le recriminó el nunca haberle creído que su padrastro abusaba de ella y que si quería alejarla de ciertas cosas que empezara por allí. Irma se abalanzo sobre ella y la golpeo hasta que su hermana menor logró separarlas.  Natividad corrió a su habitación y cerró con llave la puerta, Irma de afuera gritaba furiosa que le gustara o no, al día siguiente se iría del pueblo.
La niña escucho el sonido de su corazón al romperse.

Se dió vuelta y observó su uniforme sobre la cama, se levantó, abrió la puerta de la habitación y salió. No había nadie en la casa, su madre se había ido al bar, su hermana estaría jugando por ahí.  Salió a la vereda y comenzó a caminar en dirección al puerto de su pueblo, quedaba a una tres calles de su casa. Necesitaba algo de paz, serenar su mente y el rumor del río producía un efecto sedante en ella.  Caminó hasta la orilla del único muelle de viejos maderos que aun sobrevivía al progreso, giro la vista y miró su casa a lo lejos, alcanzó a ver la silueta de Natalia en la puerta de la casa vecina haciéndole señas con la mano, volvió la vista al río y se tiró. Las aguas color marrón del Paraná engullieron su cuerpo y jamas la devolvió.

1 comentario:

  1. Tristísima esta segunda parte, pero muy bonita. Espero con impaciencia que vuelvas a publicar.

    Un abrazo

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