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jueves, 9 de septiembre de 2010

LOS SEGUNDOS DE DIOS

Las cuencas de sus ojos estaban oscuras y sus pupilas ya no veían el cielo oscuro de esa noche. Mi mano sostenía la suya, fría y demasiado delgada. Las sabanas apenas formaban una pequeña silueta posadas sobre su cuerpo frágil y consumido.
Unos cuantos meses atrás los médicos habían dicho cancer, esa mala palabra, ese terror de novela de Stephen King y sus pensamientos murieron con sus ganas de vivir, solo esperaba, se dejaba arrastrar...el cansancio era demasiado grande.
Yo observaba como ese monstruo se devoraba su cuerpo día a día y con el se iba toda aquella mujer regordeta que siempre alegre me hacia reír tanto. Sentía impotencia porque ya tenia sus brazos tendidos esperando abrazar el desenlace, porque no quería levantarse, no quería alimentarse, ya no quería seguir aquí.
Observe la habitación que ahora era nuestro hogar, miles de cosas amontonadas, una toalla como cortina tapaba la pequeña venta, los cables de la conexión eléctrica enredándose por todos lados, el techo de chapas con algunos agujeros que dejaban ver la luz de la luna, un ropero-como decía mi abuela-cubría el ancho de una de las paredes y era muy viejo, la mesa de luz tenia una marca hecha por algún elemento redondo candente, una agarradera de metal sujeta al respaldo de la cama  sostenía una lampara opacada por la tierra y el olor a medicamentos había hecho suyo el lugar.  Recorrí todo aquello pensando solo en un recuerdo, el único que habíamos vivido juntos con enorme felicidad y una lágrima se escapo por mi mejilla porque recordé que no era este el final que habíamos soñado en ese entonces.
De pronto su boca se abrió y casi como un susurro dijo:
-Alex no me quiere.
Y comenzó a chillar, después el chillido se convirtió en un quejido y finalmente liberó el espanto del dolor en un alarido escalofriante.
Mi mano tomó mas fuerte la suya y le dije al oído:
-Tranquila mamá, ya pasa...si que te quiero...te amo mamá.
Su boca volvió a expresar el dolor y sus ojos se cerraron.
Su pecho huesudo se elevaba lentamente,  el movimiento era casi imperceptible, su mano soltó la mía y otra vez volvió a gritar.
Me levante de su lado y salí al patio, encendí un cigarro y con la primer pitada miré al cielo y rogué a Dios que ya no la hiciera sufrir..
-Llebala, ya no quiere luchar mas y fue una muy buena mujer, no debes hacerla pagar mas...llevala.
Mi tía, dueña de la casa, entró a la habitación al momento en que terminó mi plegaria.
-Alex. Dijo con un tono serio en la voz.
-Si tía, decime.
-Tu mamá ya no respira...vení y fijate.
Corrí hasta el lecho, tomé su mano, pose mi oreja sobre su pecho, puse mi rostro junto a su nariz.
-Si tía, murió¿Crees que haya escuchado cuando le dije que la quería?
Nunca obtuve respuesta y aprendí que las cosas importantes se dicen todos los días.

4 comentarios:

  1. Seguro que te escuchó. En el trance de la muerte, yo que trabajo en un hospital, te puedo asegurar que los moribundos oyen, y por eso odio que algun@s compañera@s hagan comentarios poco apropiados en ese momento. Seguro que te escuchó, y con toda certeza sabía que la querías, porque estuviste a su lado. No hizo falta que se lo dijeses cada día. Hay cosas que se saben

    Tu relato me llegó.

    Un beso

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  2. Estoy de acuerdo con "dissortat", aunque cuando tengo a los mios cerca suelo recordarles a menudo que les quiero. Sin duda ella escucho y lo sabía...

    Besos

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  3. Gracias Dissortat y Lenore. Les cuento que este relato surgió a raiz de una charla con una vieja amiga en la cual hablabamos de Dios y de cuando empezamos a creer en el poder de "eso" que definitivamente existe allá arriba.
    Un abrazo enorme para los dos!

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  4. Excelente Ale y digo lo mismo. si, te escuchó.
    Eh leido varios relatos tuyos pero me nació comentar en este.

    Besos

    Dani

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