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viernes, 24 de septiembre de 2010

CARNAVAL

Mi abuela tenía a su familia-hermanas- viviendo en un pueblito de la provincia de Santa Fe llamado Arrufó. Allí nos dirigíamos algunos veranos cuando la escuela cerraba por el receso escolar estival. Recuerdo que era un pueblo muy chico y casi perdido en el tiempo, con sus calles de tierra y los negocios con su carteles de ramos generales en la cima de las angostas y altas puertas de dos hojas. Tenia una pequeña estación de trenes y, a un costado de esta, una extensa arboleda de sauses "llorones" y eucaliptos que perfumaban el ambiente a toda hora. Mas allá, al final del pueblo, donde la calle desaparecía, un bebedero  de animales   descansaba hacía años sin rastros de humedad alguna y el sol castigaba al yuyal que a su al rededor se levantaba.
La terminal de ómnibus era un pequeño edificio blanco donde el único movimiento era el de las orejas de un perro que dormía en la única dársena y era molestado por las moscas. Por las tardes, cuando el sol bajaba, los adolescentes salían con sus bicicletas bañados y perfumados buscando las miradas cómplises de algún amante de verano que le dijera frases de amor al oído, las niñas con aroma a azahares y los varones recién afeitados.  Mas a la noche los tambores comenzaban a sonar dando cuenta que el carnaval estaba cerca y la murga pronto estrenaría sus galas.
La casa donde nos quedabamos con mi abuela estaba ubicada a unas quince cuadras del centro del pueblo, la casa de una de sus hermanas mas ancianas, Luisa se llamaba y su rostro parecía un mapa físico por tantas arrugas. Allí vivía también una nieta de Luisa, Verónica, que tendría por aquellas épocas algo mas de cinco años -yo tenía unos siete u ocho- que eructaba al terminar de comer como si fuera un camionero al devorarse una hamburguesa completa, extendía una servilleta sobre la mesa, apoyaba su cabeza sobre ella y se dormía.
Junto a esa casa vivía la nuera de Luisa con sus cinco hijos cuyas diferencias de edades no alcanzaban al año. Gallo, Jorge y Guchina eran los mas grandes-Gallo era el mayor y Guchina era mi compinche de verano- de los mas pequeños no recuerdo sus nombres porque no teníamos demasiada relación y su padre había muerto algunos años antes a causa del mal de chagas.
Todas las siestas con ellos tres-Verónica era como la reina madre y no se mezclaba con la plebe-tomábamos las gomeras y salíamos en busca de aventuras. Una vez encontramos un nido de palomas, tomé a los pichones y me los puse en el bolsillo del pantalón, luego seguimos la marcha por el desierto del Sahara y cuando recordé que tenia seres vivos dentro de mis bolsillos estos ya no tenían la cualidad de vivos.
Las tardes eran interminables pero a mi siempre me parecieron demasiado cortas. Por las noches los miedos me volvían un ovillo de nervios ya que las historias de fantasmas, aparecidos y hombres lobos no me dejaban dormir.
Como dije antes, el carnaval estaba próximo y el éxtasis que este evento generaba podía sentirse en el aire y en la energía de las personas de aquel pequeño pueblo. Todas las tardes al caer el sol, la murga desplegaba sus bombos y platillos y rompían el silencio de Arrufó. Los bailarines saltaban y daban vueltas como títeres al compás de los tambores pero lo mejor lo guardaban para la noche del debut, los brillos y el maquillaje se verían recién la semana próxima cuando los habitantes de Arrufó, con espumas en aerosol en las manos, observaran pasar a la comparsa por la calle principal del pueblo.
Nosotros cuatro solo escuchábamos el sonido de los tambores a lo lejos pues eramos chicos y no nos dejaban ir hasta el centro una vez que el sol se marchaba.  Escuchábamos e inventábamos historias de reyes y reinas del carnaval, brincábamos y bailábamos creyéndonos parte de semejante espectáculo...todo el que nos viera en movimiento creería que eramos víctimas de un ataque de epilepsia o nuestros cuerpos estuvieran siendo poseídos por el mismísimo satanás.

De repente me detuve en seco y corrí a la casa de Luisa, entré a la habitación donde dormíamos con mi abuela y allí estuve encerrado por un largo rato.  Cuando salí los tambores sonaban aun con fuerza y mis compañeros de aventuras seguían imitando a la murga hasta que uno de ellos se detuvo al verme parado frente a ellos.
-¡Gallo mirálo al Ale! Dijo Jorge.
-¡Guchina mirálo al Ale! Dijo Gallo y los tres se volvieron a verme.
Los tres quedaron sorprendidos. Cuando me encerré en la habitación había estado haciéndome un traje de carnaval con pedazos de papel metalizado que tenia entre mis cosas-papel glasé-que fui trozando y pegando sobre mi remera, mi pantalón y mis zapatillas. Luego tomé un toallón e hice el mismo trabajo, la capa real no podía faltarme.
Los chicos me miraron unos instantes hasta que comprendieron, rieron de felicidad y me invitaron a subir al montículo de escombros que había junto al portón de la casa.
-¡Subite al palco Ale! Me alentaban.
Me tomaron de las manos y me ayudaron a subir.  En la cima comencé a bailar y a revolear la capa, ellos en la base aplaudían y explotaban de la emoción.
Recuerdo todo aquello con una sensación de infinita ternura e inocencia, esa que se siente cuando el mundo que nos rodea aun no nos has rasgado el corazón.

2 comentarios:

  1. Cada recuerdo tuyo está narrado con infinita ternura. Me parece precioso. No te has planteado dedicarte a contar o escribir tus relatos?

    Besos

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  2. La verdad es que si y seguremente lo haga en un tiempo no muy lejano, solo necesito un poco mas de tiempo y una pc en casa ja!

    Te dejo un beso enorme, siempre tus comentarios me llenan el alma, gracias!

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